Las turbulentas historias de los grandes ‘desaparecidos’ de Hollywood

Hollywood tiene el encanto para crear estrellas y el “poder divino” para apagarlas de un soplo. Es una máquina contradictoria que labra talentos, forja fama universal y fortunas increíbles, pero también es capaz de aplastar esas piezas cuando no se acomodan al molde, cuando decide que, por viejos o por feos, tienen fecha de vencimiento, o porque su desempeño, dentro o fuera del plató, puede afectar su implacable línea de producción.

Louise Brooks, quizá la primera gran diva del cine mudo, era capaz de hipnotizar al público con sus gestos exagerados en dramas de amores y traiciones. Convivió entre la fama y el exceso de la época y vio el final de sus días de gloria por una ironía del destino: la aparición del cine sonoro. Hollywood la despidió porque “no tenía voz” en el futuro del cine.

Otros fueron expulsados por pensar diferente. Fueron perseguidos y acorralados por su ideología política y por su cercanía a un aterrador monstruo que parecía querer devorar a Estados Unidos: el comunismo. A muchos se les acabó la película antes de tiempo en la era del macartismo, entre ellos nombres fundamentales como Dashiell Hammett, Dalton Trumbo o Frank Capra.

Otros simplemente se pasaron de la raya con su genialidad –el caso más emblemático es el de Orson Welles y su Ciudadano Kane: una burla despiadada al gran magnate de los medios de su época– y tuvieron que vivir con el recuerdo amargo de sus días de gloria y una vejez cochambrosa lejos de las luces y el brillo de Hollywood.

Cameron Díaz, la reina de comedias románticas de principios de los años 90, ahora sonríe más tranquila, fuera de Hollywood, en la grata compañía de una copa de vino de su propia marca: Avaline, un emprendimiento de vino vegano al que le apostó al no aguantar más el sentirse ignorada por esa industria que siempre intentó encasillarla como la rubia un poco tonta, tierna y sexy, capaz de abarrotar las salas de cine.

Al principio se prestó al juego y adobó esa receta con humor y picardía. Fue casi una mujer fatal en La máscara (1994); la antagonista del romance silencioso de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo (1997) y la fantasía de muchos hombres en Loco por Mary (1998, donde ya se burlaba de su estatus en Hollywood).

Tuvo taquillazos como la saga de Los ángeles de Charlie (2000-2003); Shrek y todos sus derivados (2001-2010) y unas cuantas aventuras sin poco riesgo como Gambit (2012), Bad Teacher (2011) o la nueva versión de Annie (2014), pero cuando se metió en el papel de una mujer desequilibrada de cabello alborotado y rostro lastimado en ¿Quieres ser John Malkovich? (1999), o el de una guerrera en Pandillas de Nueva York (2002), bajo la dirección de Martin Scorsese, Hollywood no reaccionó tan bien a esa transición que fue vista como una rareza, un capricho.

Díaz, ahora de 48 años, dijo que su salida del mundo del cine fue para tener una vida familiar, pero posiblemente la tibia respuesta a sus riesgos en la pantalla la hicieron sentir como un fantasma. Por eso se fue y ahora su carrera en el cine es un valioso recuerdo por el cual vale la pena levantar la copa para un brindis o, como en el caso de Chris O’Donnell, hacer una pizza.

O’Donnell se dio a conocer en el drama Tomates verdes fritos en 1991 y después se convirtió en una estrella emergente en Perfume de mujer al lado de Al Pacino. Todo era perfecto para erigir una carrera de éxito, pero cuando le dijo que no al protagónico de un proyecto llamado Titanic, de un tal James Cameron, para probar suerte como el compañero de aventuras del vengador y héroe más famoso de DC Cómics, empezó su caída.

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